miércoles, 30 de marzo de 2011

lunes, 28 de marzo de 2011

HISTORIA DE JULIA

Cuando el destino nos unió, Germán aún distinguía los colores más vivos y, vagamente, las formas. Un par de años atrás le habían diagnosticado una patología macular degenerativa. Irreversible es una palabra fea, pero exacta. Aunque éramos tan distintos, congeniamos desde el principio. Salíamos juntos a menudo. Un día paseábamos hasta la plaza de abastos, otro cogíamos el autobús que lleva al parque... Incluso, alguna tarde, nos atrevíamos con el cine o el teatro...
Pero todo lo malo llega. Su enfermedad hizo imprescindible una intervención quirúrgica de extrema complejidad. Las posibilidades de éxito eran escasas. Fueron momentos difíciles. (Qué distinto todo de ahora. Ya no extiende sus manos hacia mí, desesperado; ni yo se las beso como una estúpida, maldiciéndome por no saber mostrarle de otro modo mi infinito amor.) Estuve a su lado cada minuto, tratando de darle ánimos y de ayudarle.
Recuerdo con claridad la consulta del Dr. Tabaré. Recuerdo la extenuante sala de espera, con la calefacción unos grados por encima de lo necesario y aquel olor a medicamentos y a miedo. Recuerdo los cuchicheos entre los familiares de los pacientes y una risa nerviosa y una tosecilla insistente y el rumor del tráfico cinco pisos más abajo. Recuerdo finalmente la voz de una enfermera pronunciando su nombre, y cómo Germán se levantó de su silla, tenso, envarado, obedeciendo aquella llamada como si se tratara de una invocación atávica.
Todo lo que siguió después son fragmentos borrosos que emergen un instante y se vuelven a hundir en mi memoria, como esas caras deformes que a veces pueblan un sueño agitado. Hubo un médico con gesto de hurón y el tic-tac de un reloj invisible que lo llenaba todo mientras una mano huesuda cumplimentaba formularios y dictaba plazos. Hubo unos análisis y unas radiografías y unas máquinas extrañas que utilizan en los hospitales para llenar de temor a los que se aproximan demasiado. Hubo (y esto último ya no lo recuerdo, pues no lo viví, pero me permito imaginarlo) unos sonidos metálicos y unas voces de aliento y una camilla veloz y unas luces de neón que corrían sobre su rostro aventurando una fuga, o una caída, o ambas cosas. Y hubo unas puertas batientes y detrás un quirófano blanco y muchas batas verdes y una aguja en su brazo y un apagón.
Después de aquello apenas salía de nuestra habitación. Se pasaba las horas tumbado sobre la cama, las manos bajo la nuca, ensimismado. No atendía al tenaz teléfono. Se dejó crecer la barba, como si quisiera cegar también sus mejillas, su mentón, su boca. Fue duro acostumbrarse a verle avanzar a tientas por la casa. Los actos más sencillos y cotidianos le exigían ímprobos esfuerzos y se convirtieron en sofisticadas torturas rutinarias. Todo su ser se aferraba desesperado a las imágenes que habían inundado cada resquicio de su vida anterior.
-Conocía bien la niebla, Julia, pero no esta oscuridad.- solía decirme, colmado de dolor.
Gradualmente, fue aceptando su sino. Yo le acompañaba a diario hasta el Centro de Recursos para Invidentes, donde él aprendía a adaptarse a su nueva situación. Allí conoció a Marta, una maestra que le instruyó con paciencia en el dominio de un método de lectura y escritura que, a partir de entonces, iba a aliviar el peso de su ceguera: Louis Braille ideó este sistema hace ya casi dos siglos y lo legó a todos los demás invidentes, alumbrando sus vidas. Marta mostró a Germán cómo era posible, a partir de las múltiples combinaciones de seis puntos, urdir toda una lengua secreta. Seis puntos que componen las distintas letras del alfabeto y que abren a los ciegos las puertas del mundo. (Cómo he deseado yo, cuando en su noche eterna él me acariciaba, que también supiera descifrar en mi piel el secreto de mi amor.) De esos primeros contactos meramente profesionales derivó gradualmente una sólida amistad. No se me ocultaba la descarada alegría de él cuando oía sonar el timbre de la puerta. Tampoco se me escapaba la creciente osadía de ella, siempre dispuesta a venir a casa a recogerle a la menor excusa. Me decía Germán entonces:
-Hoy no hace falta que me acompañes, Julia. Ha venido Marta a buscarme.- Yo notaba la leve culpa que empañaba su voz cuando se despedía y el olor a perfume en su ropa al volver, pero evité mostrar inquietud alguna y permanecí sin abrir la boca. Me limitaba a verle marchar y a esperar su regreso, anhelante.
Sus ausencias se hicieron cada vez más dilatadas y frecuentes. Una noche, me dijo casi en un susurro:
-He entendido algo importante. Los ojos no son sino dictadores imaginarios que imponen su modo de ver las cosas.- Riendo con desgana su ocurrencia, prosiguió:- Al perder la vista, crees que has perdido la vida. Pero luego te das cuenta de que la vida en imágenes no es la única posible, sino tan sólo la única que hasta entonces conocías. También la vibrante luz del sol nos impide ver la luna y las estrellas, hermosos puntos de luz que antes ignorábamos...
Hace unos días la invitó a subir a casa y ella entró portando un misterioso artefacto. Era un regalo para Germán. Él lo tanteó con sus manos y se puso muy contento al descubrir que se trataba de una máquina para escribir en braille. Tras charlar animadamente un buen rato en el salón, se pusieron a practicar el extraño lenguaje de signos que les había unido. Ella escribía una notita con el ruidoso
artilugio y luego se la pasaba a Germán. Éste la leía con sus dedos y escribía a su vez en la máquina otro mensajito. Ella lo leía (con sus ojos, porque Marta ve) y los dos reían mucho y yo me sentía frustrada y ajena y les miraba con resentimiento y ellos se reían aún más fuerte.
- Tú y estos puntos me habéis devuelto la esperanza.-dijo a Marta, ya más serio.- Son mis puntos de luz. Tú también eres mi luz.
Hubo un pedazo de papel, de entre todos los que le escribió Marta aquella tarde, que agradó a Germán más que cualquier otro. Advertí que, tras leerlo, lo apartaba con una sonrisa de todos los demás. Cuando por fin se despidieron, mientras él la acompañaba hasta la puerta, yo lo robé y lo oculté con cuidado en el patio, entre mis juguetes.
Hoy ha venido Marta a visitarle. Cuando me ha visto, se ha acercado cariñosamente a acariciarme la cabeza. Le gruñí y, erizando el pelo del lomo, le mostré los dientes. Como insistió, le di un mordisco. Sólo quise dejar claro que jamás podrá arrebatármelo. Ahora estoy castigada en el patio y miro fijamente aquel trozo de papel indescifrable.


No me importa qué mensaje encierra. Yo siempre seré su guía.

sábado, 26 de marzo de 2011

El hombre que me espera al sol poniente


La sombra que ahora esquivo me esperará entonces,
a la vuelta de un umbrío recodo del tiempo,
allí donde la lluvia disfraza la pena de los ojos.
En una esquina tan cerca del principio.
Del final tan cerca.
Esquina Calle del Olvido con la Avenida Hesido.
Sonrojo. Sol rojo.
Un sol poniente.

En ese rincón, bifurcado en iras y en horas,
saldrá a mi encuentro el hombre que pude ser.
Adusto.
Silencioso.
El tipo asentirá, en un frío gesto carente de afecto.
Un saludo que se escurre
como un insecto bajo el ala
del negro sombrero.
Le brillan botellas rotas
en los gastados ojos verdes.
Carga su cuerpo a cuestas.
La boca es de hierro.
Su lengua, de estopa.
Luce un reloj Paradox.
Minutero que se clava en el vientre de la memoria.
Hora dada. Agujero.
Futuro durmiente,
sumidero insolente,
tardía serpiente,
silueta imponente...,
...al sol poniente.

Me aprieta la confiada mano,
(pero ya antes me ha rodeado la mirada;
el flaco cuerpo que habito me ha cercado
con eléctricas culebras de abrazo tormentoso;
y hasta mi alma entera ha estrechado, angostado, angustiado
-el hijoputa-,
previo al hallazgo de su sarmentosa garra).
Saludo felpudo, saludo del "pudo", saludo escudo.
Me invita a entrar a un tugurio que surge a su lado,
con la indecencia de lo cotidiano,
como si lo llevara puesto.
Uno de esos cómodos bares de bolsillo
donde tomar una penúltima de andar por casa.
La casa de las eses. De las heces.
Y, aunque no quiera oír lo que él va ya a decirme
-aunque no quiera ir adonde él vaya a herirme-,
allá que entramos...,
al sol poniente.

Pasamos, como el río del que me río.
Demócrito, no demos gritos.
Después de todo, no es negociable.
Nos recibe
un podrido silencio de moscas danzantes;
el aplomo cansino del camarero;
un oscuro olor a orina y tedio;
nos recibe.
Un rayo de sol tardío cae sobre la barra.
Zarpa en mi hombro
-todo mi cuerpo va a zarpar en breve-,
su naufragio de largos dedos amarillos.
Hondas sillas.
Qué nos pesas, Sevilla...
Bailan copas de vino
luciendo sus reflejos
aun en la sucia mesa.
Florecen amapolas,
una detrás de otra.
Me sujeto al aceitoso tablero para no caerme
-todas las piezas se caen, tras esta partida;
también todos los "piezas"-,
y ruego para que todo se deshaga
como el mal sueño que es...
... y que tengo que seguir soñando...,
...al sol poniente.

Y es entonces,
urgido por la necesidad de despertar,
abismado en una turbulenta necesidad
de golpearle,
de deshacerle bajo mis puños,
de destrozarle el sombrero y la cabeza calva que hay debajo,
de hacerle jirones la camisa con uñas y dientes, ya puestos.
Es entonces
que decido hablarle...,
... antes de que él me hable de sí
y de mí
y del sol poniente.

Y, antes de que él mueva un solo diente
para decir que
"la vida es asco y es vergüenza,
poco más que una colección de botellas vacías
que se acumulan en la bodega turbia de los recuerdos";
antes de que me indique su sucia uña que
"la vida es una raya en la arena,
una casa sin barrer,
una regola en la pared de ladrillo visto,
un cable pelado en la regola
y pare de contar, amigo, que no hay más";
antes de que me hinche las narices hablándome de
"olfato";
antes de que me vaticine tormentas ya acaecidas...
Antes... Decido contarle que hubo baches, sí.
Que hubo saltos al vacío y sin paracaídas.
Que hubo tiritas de los veinte duros
que nos curaron de la friolera
de los cien mil euros; tiritas de frío.
Que hubo momentos tan duros
que merecieron la molestia de ablandarlos.
Que hubo pérdidas, pues claro, ¿no es toda la vida un dulce perder?
Que hubo momentos de lucha,
unas veces para recobrar una ínfima parte de lo perdido
y otras sólo por el gusto de pelear a puño vivo,
que nos hablaron
a hostias
de lo importante que es el camino.
Que hubo haches y hubo bes; baches y besos a dos ruedas hubo.
Que hubo puntos sobre esas íes tan difíciles de acentuar.
Y paréntesis sin cerrar.
Hubo noes y hubo síes.
Y gemas lanzadas al mar.
Hubo un piloto que buscó a su sirena a Qattar.

Antes que él separe los labios para decirme:
"Vivo en la calle Mudo",
le habré de explicar
que la vi mirando por una ventana y que desde entonces creo en los milagros.
Que ya no me quise asomar a nada que no fuera su hermoso mundo
de ojos risueños
y cartas torpes sin abrir
y películas mal grabadas en la memoria
y anclas
y barcos
y demonios suaves
y caballitos de mar sin montar
y playas desiertas pobladas de caricias
y camas biplazas
y reformas de casos, de casas y de cosas.
Antes de que él me hable de descuentos, tendré que contar
por qué la vida es más grande si di vida.
Di vida y se multiplica. En tres. Por dos.
Por qué hay otoños que,
además de hojas rojas,
tienen ojos verde clarito.
Antes de que ése malababa abra la boca
para que salgan por ella las siete plagas de Egipto,
le he de decir, alto y claro, que no me quita el sueño su marasmo de señor vencido,
que si alguien perdió una vida yo no he sido.

Antes de que me suelte palabras de ruina
y de mustio odio
agrietado
acerca de todo lo que me falta,
le espetaré que Lujo se escribe con L de Loreto,
que nada quiero atesorar sino los besos de esa boca suya que nunca calla
(salvo cuando come, cuando duerme o cuando besa. Y cómo besa.)
Antes de que él me gruña una maldición por los años perdidos,
le rezaré un rosario de momentos compartidos
que le harán apretar los dientes con fastidio.
Le hablaré de goles sin ángulo,
de campeonatos ganados con torre y apartamento de ventaja,
de la aventura de quererla siempre.
Pese a todo y pese a nada.
Siempre quererla.
Y admitiré con él
que fue triste esa vida suya que pudo ser la mía, sí,
con todos esos años envueltos en el humo pestilente
y en el aliento dilatado de tantos bares de mala muerte;
que pudo ser triste el dejarse vencer
por el trabajo y la rutina.
Sin luchar para salir.
Sin salir para luchar.
Le diré, sin rencor,
que cada cual tiene lo que merece;
que para recoger hay que sembrar;
que más le habría valido buscar su momento
en lugar de esperar a que este momento le encontrara.

Le diré que lo mejor sería
que, puesto a no decir nada,
acabara haciendo mutis por el foro;
que, para criticarse a sí mismo,
tendría que ser alguien y no era nada;
que yo si que era alguien
y bien orgulloso que estaba.
Así le diré,
mientras su contorno se irá haciendo
más y más borroso según hablo:
"Me llamo Guillermo Canelo Segura.
Soy un hombre hecho
de momentos malos
y de momentos buenos.
Ha habido hijos
y largos viajes
y risas sin ser domingo
y soles atardecidos (como éste en el que usted ya se disuelve)
y conflictos
y dificultades
y saltos de muros altos
y meses de gloria, de penurias y de incertidumbre.
Y ha habido amor.
Y eso cuenta."

Entonces, mientras advierto
que ya no queda de aquel hombre ni el sombrero,
daré un último vistazo en derredor.
El bar aparecerá ahora limpio y ordenado.
Bien iluminado.
Y sin moscas.
Dirigiré mi mirada hacia la puerta,
esperando verla llegar con su mejor sonrisa,
tan guapa como la primera vez que la vi.
Al sol poniente.

sábado, 27 de noviembre de 2010

La tela de Noé

Sevilla, 21 de Noviembre de 1997

Estimado colega:

Por considerarlos de su exclusiva competencia, le envío algunos de los documentos relacionados con el caso Ablanedo. La cita apocalíptica con que comienza el texto fué hallada en papel aparte (que asímismo adjunto), y no es de puño de Ablanedo. A pesar de haber removido un par de bibliotecas, no he podido dar con la fuente. Descubrí, eso sí, nuevas referencias al Dominus domini en los diferentes volúmenes de la Historia Natural de Plinio.

Como sabe, lo extraordinario de este asunto es la desaparición de D. Máximo Ablanedo Figueroa, de quien en los próximos días enviaré a su despacho un informe pormenorizado. In situ, el inspector Arjona describió la situación como "un suceso más de piromanía, con una fatal curiosidad por el resultado". No obstante, la solución no comparte su laconismo. La primera sorpresa la depararon los análisis del laboratorio, al confirmar la ausencia de restos orgánicos entre los escombros del número 37 de la calle Salamanca. Esto viene a descartar la defunción del doctor Ablanedo en el incendio declarado en su domicilio a las 21:07 horas del día dos del corriente. Además está esa cajita...

Después de estudiar los informes clínicos solicitados al Hospital Neurológico Virgen del Rocío, así como la carta autógrafa anexa (prácticamente ilegible en sus últimos párrafos), considero que el eminente antropólogo se encuentra en paradero desconocido por motivos que obedecen a su sola voluntad. La posibilidad de un secuestro, aunque hoy por hoy no deba desestimarse, parece remota. La carencia de enemigos conocidos, así como los malos momentos que atravesaba Ablanedo a nivel personal, apuntan más bien a un episodio de locura. Tengo para mí que fué él mismo quien prendió fuego a su propiedad, dándose a la fuga posteriormente.

El seguro del inmueble cubre una cuantía mínima de los daños. La compañía (Ludwig Inc.), tras un examen rutinario de la zona, ni siquiera se ha molestado en iniciar averiguaciones. Preguntarnos por el móvil es pues preguntarnos por Ablanedo. Sólo él puede saber por qué lo hizo.

Las únicas pistas las brinda una pequeña caja metálica que se salvó milagrosamente de la quema. En su interior fueron hallados los siguientes objetos:

-Un dibujo de autoría desconocida (mando copia parcial).

-Un sobre conteniendo la carta y la anotación arriba mencionadas. (Acompaño copia mecanografiada completa)

-Una llave que corresponde a la cerradura de la que fué puerta de la mayor estancia de la vivienda. (Bajo custodia judicial).

Otro aspecto a resolver lo constituyen las manifestaciones de algunos testigos presenciales, que afirman haber visto brotar un gran pájaro de fuego (¿?) del tejado de la casa en llamas.

Como ve, apenas hay por donde empezar.

P.D. Entre los cascotes calcinados persiste un penetrante olor a jardín zoológico... Ja ja ja. Llámeme cuando termine. Podemos cenar en Gauchos: Paga quien exponga la teoría menos interesante.

Reciba un cordial saludo.

Capitán Luis Ferrer

Brigada Criminal

Y el firmamento entero se incendió, como si la suma

de los amaneceres precedentes no fuera sino pálida

sombra de aquél día primero en que la Tela de Noé

se extendió sobre el mundo

Dominus domini, 35, 4.

LA TELA DE NOÉ

Me llamo Máximo Ablanedo. Es posible que mi nombre les resulte vagamente familiar. Lo cierto es que durante algun tiempo fuí llevado en las frágiles alas de la prensa. Aquel efímero reconocimiento a mi labor de investigación pronto cedió terreno ante la manifestación en mi persona de lo que los psiquiatras se obstinan en llamar paranoia. Así fué como, por prescripción facultativa, me ví obligado a hipotecar mi identidad, y con ella, el favor de los demás. En breve plazo pasé de la admiración al escarnio. El orbe científico se burló de mi trabajo y hubo quien llegó a acusarme de ser un vulgar impostor, un desenterrador de escrituras apócrifas que fingía demencia para saltar a la fama.

Más tarde llegó el olvido. Al principio lo agradecí como un bálsamo con el que aliviar las heridas de la crítica. Luego lo maldije, porque la soledad me entregaba por completo al obsceno hábito de la contemplación. Era pasar las horas rendido frente a ella, medio oculto en la penumbra del cuarto grande, yerto en el constante asombro.. Creo que nunca he vivido (ni he muerto) tan intensamente como estando a su lado.

Les juro a ustedes por lo más sagrado, por Ella, que no entiendo como pudo Max recorrer tan deprisa la distancia. Esa laaaaarga distancia que media entre el respeto por uno mismo y la desintegración. Sigo creyendo que no está más loco que quienes le acusan de estarlo. Si bien debo admitir que se han evaporado sus últimos vínculos con el mundo anterior (anterior por incompleto, por quimérico). Oh, pero si ustedes vieran, no termina de llamar la atención un leve estremecimiento de la tela, un brillito de nada, y al mirar hacia ese punto distingo el ojo de una cebra que me observa desde la maleza. Dentro de sus cuatro fronteras, la repetición ha sido abolida. Nada por aquí, nada por acá. Sucede como en alguno de esos mitos de la Filosofía, el árbol que cae en un bosque desierto, inhabitado; el pirata que entierra su tesoro en una isla, muriendo poco después sin comunicar a nadie su secreto. Mientras escribo estas líneas me pregunto qué nuevas monstruosidades se estarán gestando entre sus hilos. Si ciertas cosas no hubieran sucedido, yo seguiría gozando de la simpatía de los doctores y de una relativa popularidad. Continuaría soñando sin saber que soñaba. Justo como ustedes. Pero el árbol del bosque me cayó encima. Sí, ya sé, se supone que yo no debía andar por allí... Es agitar un poco las manos en el inagotable vertedero de la Historia y ¡zas!, topaste con el tesoro atroz. Debe ser que estas cosas pasan así. Debe ser que somos vulnerables al azar de los encuentros.

Hablar de Ella me resulta tan difícil como necesario. ¿Han tenido alguna vez una novia horrible?. Me he cansado de oír los "¿pueden ladrar los búfalos, Max?" y los "¿acaso cabe el mar en un dedal?". Estuve tentado en varias ocasiones de enfrentarles a la verdad (la auténtica verdad), encerrarles unas horitas con Ella, hundir su ignorancia y su falta de fe en ese piélago inmundo donde la totalidad es una religión meticulosamente practicada. me disuadieron siempre la compasión y el convencimiento de que no hallaría ningún alivio contagiando mi dolor. Sólo en su ausencia podré comunicar lo que sé. Los locos lo son cuando no existe aquello en lo que creen. Por fin seré libre. Por fin seré loco. De verdad.

Los pocos amigos que conservo me instan con voz plañidera: "Tienes que salir de ese estado letárgico. Hace tiempo que vives fuera de la realidad, Max. Te estás destruyendo. A menudo hablas de tí como si de un extraño se tratara. Reacciona." Y Max replica "¿La realidad?. Esa vaina es tan estrecha que no quepo. Vosotros no podéis comprender que el tiempo y el espacio se reducen a una sucesión de hilos entrelazados que se contiene a sí misma.... Lo vuestro, lo que antes era nuestro, es puro ectoplasma geométrico, una repugnante sopa de rutinas que no pienso volver a tragar. Ya no tenemos nada en común." Y ellos se van marchando poco a poco, uno tras otro, cabizbajos y compungidos.No ha desaparecido el último por la puerta cuando Max corre a encerrarme al cuarto grande. Y así siempre. Y ahora un orangután. Si ustedes vieran. Su pelo rojo, finamente dibujado, ondea suavemente al dulce compás del tejido. Hace una semana aposté a que no aparecerían más simios, fíjense... Antes había ahí mismo un oso panda masticando un tallo de bambú. Pero eso era antes. Al menos eso creo. Cerraré la ventana. El viento no cesa.

A veces, por inercia, reviso mi pasado. Un pasado estudioso que me arrastró a Turquía en abril de 1994. Un pasado de fatigadas pesquisas que me puso en la pista de un importante pergamino otomano, el Manuscrito de Gallípoli. Hoy se puede admirar en la Galería Davemport. Ayer era otro olvido más de uno de los libros de uno de los febriles anaqueles de una de las bibliotecas del rico Ibn Sefn. Un lugar que encierra un libro que encierra un lugar que encierra. El Manuscrito aporta interesantes novedades acerca del triunfo de Solimán II sobre la ciudad de Estambul. Estos datos cautivaron la curiosidad de los historiadores. Los hechos que trato de explicar, no tanto para que los crean como para librarme del peso de su silencio, arrancan de este descubrimiento. Apartado en mi creciente fortaleza, recuerdo las cúpulas doradas de Estambul, alzándose sobre el Cuerno de Oro, sobre la inquietud de los hombres. Recuerdo, en ese color gris de las pesadillas, las dificultades con la lluvia y el barro en un paso de el Tekir Dag. Recuerdo, una por una y como si de la mía se tratara, las caras de los asaltantes kurdos. Pero nada recuerdo mejor de Turquía que la tienda de Nihat, en el zoco de Smirna. Su puerta, alumbrada por un sol pequeño y polvoriento, se abría al final del mercado como la boca hambrienta de un niño goloso. Cual un aliento almizclado, manaban de ella los olores del mundo. Entré. El aire enrarecido me envolvió en un abrazo oscuro. Estaba hojeando unas láminas de Escher cuando reparé en lo que al comienzo tomé por una alfombra. (Puede que yo traspasara aquel umbral fatídico sólo para reparar en Ella, para que Ella reparara en Max, en mí). Estaba enrrollada bajo unas estanterías que se desmayaban bajo el peso de tantos frascos de especias. Y se prolongaba hasta más allá de la puerta trasera, de la cual pendía una de esas cortinas que tratan inútilmente de impedir la entrada de las moscas. Atada por numerosas cuerdas, volvía su cara hacia el interior. Uno de los ángulos colgaba con languidez, un gesto de coquetería tal vez. El aparatoso desenfado en su actitud debió haberme alertado. Aprecié algunos desgarrones que denotaban un deplorable estado de conservación. Se acercó Nihat, el mercader. Mejor decir que Nihat transcurrió. Primero no estaba. Eso seguro. Y luego estaba como si llevara allí horas. Son cosas que... Pero claro, ustedes no comprenden. En un turco empalagoso me ofertó un lote de objetos que incluía el único que pretendía vender. El precio me pareció increiblemente bajo. Pagué sin regateos. Timeo danaos et dona ferentes. Así fué como el almacén de Nihat me escupió a las sucias calles. Ya no volvería a ser el mismo.

Por cierto que a medio metro del ángulo inferior izquierdo y al lado de los ratones de agua acaba de asomar un colibrí con las alas desplegadas. Me pongo a buscar un guacamayo que anida en este trozo. Tiene deslumbrantes plumas amarillas y rojas y un ganchudo pico azul (pero, qué tonto, debo decir anidaba, debo decir tenía, muy a pesar de que siga anidando, de que siga teniendo las mismas bonitas plumas y el mismo pico, curvo hasta lo doloroso). Yo loco loco y Ella loquita. Mutar eternamente. En el lugar que ocupaba el guacamayo, encuentro la cabeza de un lobo gris. Me echa un vistazo de fuego y miel y al poco se deshilacha entre las plantas. Me aterra lo escurridizo de los iconos. "Ya, pero mira, ¿crees que las arañas tejen conforme a patrón?. Lamento que te estés volviendo mochales, de veras."

Fué en el Manuscrito de Gallípoli donde tuve por primera vez noticias de la Tela de Noé, un arma abominable que eclipsaba el poder de los reyes. Traduzco textualmente: "...tres veces tres veces acudieron a advertirles de la necesidad de tomar una decisión, y tres veces tres veces fueron desoídos sus consejos. Las tropas de Solimán II, el Magnífico, avanzaban inexorablemente mientras los señores de Damasco se ahogaban en vino y escondían sus nobles cabezas entre los senos de sus esclavas. Con los ojos anegados en llanto, entraban y salían de la cámara que Alá nego a los simples. Unos bramaban enloquecidos, otros balbucían insensateces impropias de su rango. Ninguno de nosotros pudo arrancarles a su ensimismamiento. Pregunté a Ismail si no le importaba perder la guerra y respondióme entre jocoso y ofendido que cómo podría preocuparle perder una si ya las había perdido todas, las anteriores y las venideras.Corría el rumor de que a Solimán le asistía en el combate la sombra del fenecido Selim,, reunido con él por obra de la hechicería. Mas no fue ésta la razón de nuestra derrota. Los generales que debían dirigirnos se extraviaron en el espejo de Noé, el paño maldito del Ararat. Tal fue la razón. Alá les niegue el eterno reposo."

Pasaron más de tres años hasta que volví a notar su presencia. Entre los cachivaches de la buhardilla, envuelta en polvo, parecía aún más indefensa que la primera vez que la ví. Ya en la planta baja, la extendí en el suelo. Al tercer día de mirarla ( aratos tan sólo, no crean, nada obsesivo en ello), noté que algo no iba bien, un raro bailoteo aceitoso, cómo explicar. Luego estaban aquellos seres. Seres vivos. Era encararlos un par de minutos y sentir unas ganas irrefrenables de tumbarme junto a ellos, de compartir sus lenguajes imposibles. Pronto fue dejar pasar los días retorciéndome como una serpiente,gruñendo como un jabalí,rugiendo como una pantera, presa de una fascinación morbosa. Siento nostalgia de esa vaga forma de felicidad. Las fieras y otras alimañas tenidas por peligrosas se encuentran en aquellas zonas de la tela que abundan en desgarrones. Tigres, ocelotes, glotones o rinocerontes se hallan siempre cerca de aquellos lugares en que el tejido presenta un mayor deterioro. Aventuro los frustrados intentos de fuga,su lucha por escapar a la esclavitud de la tenue urdimbre. De igual modo que cambia la ubicación de las bestias, se transfiere (transfierencias) la situación de los descosidos. Porque cambian, ¿saben?. Quedo un momento mirando las elegantes evoluciones de una garceta, o la incesante labor de un tapir que busca raíces. Y ocurre. Tranquilamente. Sin aspavientos de ninguna clase. Antes trataba de cotejar los animales limítrofes. Primero rodeaban al tapir un zorro que perseúía a una liebre que perseguía aun saltamontes. Más allá se vislumbraba a una gacela acechada por un grupo de hienas escuálidas. Y encima, flotando en el miedo terso y helado de la gacela, había un picabueyes.. Pero eso era... Ahora, al lado izquierdo del tapir, ese cerdo narigudo y blanquinegro, caramba, dónde demonios se ha metido. Sucede con tal naturalidad que resulta improcedente preocuparse de cómo ha pasado. Supongo que es una suerte de río. Una corriente de imágenes. Una vez quise sujetarla cuidadosamente al muro, después de haber desprendido de él todos los objetos que intentaban vestir su desnudez. Pero en seguida me di cuenta de que se derrumbaría. Aún me veo pensando, sabiendo, que sería demasiado peso, ¿entienden?, no por la tela, no, tan liviana como la seda, sino por todo lo que contiene. Mejor en tierra firme. Era tumbarme desnudo sobre Ella, y ver las cosas como bajo el agua, como cuando me sumergía en la piscina de Max y echado en el fondo veía el tembloroso sol y las nubes que titubeaban alrededor. Me aterrorizaba pensar que el exhaustivo catálogo de animales se redujera a los machos. Temía la posible versión en otra tela de todas y cada una de las hembras robadas al diluvio. Pero están aquí también. Están todos aquí.

Grandes ojos glaucos iluminan la honda espesura. Prometen la fiera y la leve criatura. Un murciélago, fruto imposible, cuelga de una rama. Sus orejas lo oyen todo, te oyen, se oyen. Invocan la creciente tiniebla cien ruidos infernales, unos tan apagados como el susurro que lubrica la blanda caída de la lechuza sobre una musaraña, otros tan potentes como la ira del león, que raja el cielo y agita la penumbra. La noche es un solo animal, mitad agónico, mitad rebosante de vida. Cuerno y colmillo danzantes. Latir de pezuñas que, sólo tal vez, pisotearán el alba azul. Agua. Y en ella los peces. Todo nada. Una vida sigilosa como la muerte afilada que de ella se nutre. Aire. En él, vigilantes, las águilas. Bajo la tierra, las galerías del topo. Saltando en el lodo, el sapo. Sólo tal vez. Patas de corzo, soplo de viento. Desde el principio, se repite el cuento.

No sabría decir en qué momento resolví quemarla. Aunque mi decisión es firme, lo cierto es que me siento incapaz de vivir sin Ella. Demasiado sencillo, demasiado hermoso. Me niego a pensar en el suicidio, pero me atrevo a creer en una resurrección de la tela y de lo que ella alberga. Creo en su inmortalidad y en sus tortuosas venganzas. Creo en mi cercano fin. Confío en que, en tal caso, esta carta sea tenida en cuenta. Las estrellas saben que, si logro salir con vida, poco ha de importarme que se atiendan o no las razones que en ella se exponen. Mas, si la muerte me alcanza, es mi afán que estas líneas sirvan de advertencia y constituyan un fiel testimonio de cómo pueden llegar a amancebarse lo diabólico y lo divino. Nadie se ha perdido al encontrar un consejo. Manténganse al acecho. Duden de las apariencias. La tela es astuta.

La miro mientras se pone el sol. Su piel anochecida brilla con los últimos rayos. Un cuerpo de junco que se mueve entre las matas con ese descuido engañoso de los felinos. La nariz ancha, los pómulos salientes y la boca grande, de gruesos labios,.le confieren una belleza feroz. Sólo la visten sus largos cabellos, su natural falta de pudor. Me invita a entrar en ella. Su vientre, tenso como la piel de un tambor, retumba entre mis sienes una y otra vez. Y yo me sumerjo en él, como si hubiera estado esperándolo desde siempre. Casi no me sorprende sentir en mis hombros el roce de la hierba crecida. A través del fuerte zumbido de mi deseo, me llega el otro, el de los insectos, la rumorosa vida de la selva. Vuelvo mi cara al cielo, como un animal acabado, y encuentro los ojos acuosos de Max, que me miran incrédulos. Ella tira suavemente de mi mano y me atrae al interior de la fronda. Es correr en vertical, dejarse tragar por las plantas que hay enfrente, que hay debajo, que hay entre mí y Max. Ya es sólo arrojarme a la espesura, huir de esta cara de susto al ritmo elástico de sus piernas. Amarrado a sus caderas como una hiedra, escapo de esa boca abierta, de aquella llama que tiembla entre las manos de Max. Los vi esconderse tras los árboles. No sé si quise impedirlo.

Al otro mar, al océano de marfil.

Sevilla, 1997