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martes, 21 de febrero de 2012

Mujer desnuda y en lo oscuro

Eres mujer desnuda y en lo oscuro. Cubo y pozo,

sumando a tu placer mi gozo.

Tren en un túnel,

fulgor de luces y cruces.

Entren tus manos, entrentenido.


Eres tú mujer desnuda y en lo oscuro

Abocarme al pozo de tu alma

anhelando la frescura de tus besos

Sed de ser y ser de sed, bebernos a tragos cortos,

Añorar lo por venir.

Añorar, arañar, amarte, amañarte.

Anhelar ese cansancio curvo tras la calma

tras la turbia tempestad

Tras el fuego que habita

tras la cifra inquieta de tus ojos

Tras luz

tras tornarse

tras Eros

tras nochar.


Una mujer desnuda y en lo oscuro

Meternos entre sábanas y entre paréntesis

Llenar los vacíos,

vaciar lo lleno.

Verte y verterte y verterse

Diverterse,

Vendaval de brazo y cadera

de cabello danzante y fiero cuello,

al ritmo de tus jadeos,

tormenta de pecho y vientre y arena y serpiente


Mujer desnuda y en lo oscuro eres

la mejor mujer de entre todas las mujeres

Por ti se vive

y por ti se muere.

lunes, 11 de abril de 2011

COSAS QUE PASAN CUANDO A UNO LE DESPIERTAN

Menuda historia. Yo estaba sentado, mano sobre mano, rumiando alguna hipótesis plausible. Algo más allá, Álvarez hojeaba con desgana el periódico de la víspera. Con las primeras luces la estancia cobraba un aspecto desangelado. Era como si los feos contornos del funcional mobiliario de oficina se desperezaran para sacudirse un mal sueño. Los restos de la cena inconclusa de la noche anterior nos miraban acusadores desde la mesa. Un par de moscas se hacían la corte sobre los restos de un muslo de pollo. Las navidades son unas fiestas entrañables, claro que sí. Porque te remueven las entrañas.

El agente Juan Blasco entró en la sala de guardia, dejando atrás el pasillo que conduce al depósito de cadáveres. Vino a sentarse pesadamente junto a nosotros. Su palidez, acentuada por la luz mortecina de los tubos fluorescentes, no presagiaba buenas noticias.

-¡Vaya, Blasco!, cualquiera diría que acabas de ver a un difunto-, bromeé sin mucho entusiasmo.

-Y que lo diga, capitán. Nuestro hombre está ahora frío, de eso no hay duda.- Blasco encendió un lúgubre fósforo. Arrimando la lumbre a un cigarrillo, puntualizó:-Anoche, sin embargo, iba bien caldeado.

Los otros dos le miramos inquisitivos.

-¿Iba mamado?-, terció Álvarez.

-Más que un lechón. Ardería una semana si le acercara esto.-Agregó Blasco, mostrando la brasa.

-Bueno, ya sabéis lo que dice ese villancico sobre los peces en el río- dijo Álvarez. Y, poniendo su mejor voz de borracho, se puso a tararearlo mientras simulaba pegarle un trago a una imaginaria botella de algo que no era agua.

-Nuestro fiambre iba esta madrugada muy animado, armando un jaleo espantoso, hasta que nuestro detenido… bueno,… lo dejó seco. Muchos otros vecinos habían llamado ya a la central para quejarse del alboroto, antes de que se produjera el… hum, desgraciado incidente. Por lo demás los forenses no tienen nada de nada. Al menos de momento. Aún tardarán un buen rato en llamarnos desde El Juzgado, para trasladar a nuestro huésped.

- Bueno, pues parece que no podemos hacer mucho por ahora.- Aduje con desgana.-¿Qué tal si entretanto echamos unas manos al póquer?

- Por mí de acuerdo. –Dijo Álvarez, barajando ya.

Mientras Álvarez repartía, observé la estancia que ocupaba el fondo de la comisaría, aún sumida en la más densa oscuridad. En la zona de la estancia que ocupábamos la penumbra de la sala iba siendo vencida por el tímido amanecer invernal. La oscuridad se hacía más y más densa hacia el área del calabozo, permitiéndome distinguir sólo el tenue y acerado brillo de los barrotes que nos separaban de aquel hombre. Unos barrotes que, aún a plena luz del día, se me habrían antojado, en este caso, insuficientes. Más allá de ellos, reinaban una oscuridad y un silencio absolutos. Recordé un documental de tiburones blancos que había visto la noche anterior por televisión. Y aunque era ese sujeto quien se hallaba en el interior de la jaula, yo me sentí como aquel submarinista del programa, intentando averiguar desde su precario refugio dónde se hallaba el pavoroso monstruo de afilados dientes. Ningún ruido procedente de la celda. Si no fuera porque yo mismo lo había enchironado allí, hacía sólo unas horas y en presencia de mis compañeros, los tres agentes que estábamos sentados a la mesa habríamos podido jurar ante el Altísimo que éramos los únicos presentes en las dependencias policiales. Nuestro hombre debía estar durmiendo. Supongo que para desechar una eventual volatilización del sujeto, nunca se sabe, enfoqué hacia la celda el haz de mi linterna, arrastrándolo pausadamente por el suelo cual si se tratara de un pesado fardo. El tipo había dejado sus gafas encima del lavabo y estaba tumbado en el catre. En su cabeza, orientada hacia nosotros, se distinguían algunos pequeños vendajes. Algo en el aire invitaba a la especulación taciturna y a ese diálogo distendido con los viejos camaradas que pudiera relajar un ápice la tensión que crepitaba en el aire. Así que pregunté a Blasco en voz baja:

-¿Y dices que en la autopsia no han encontrado nada?

-Nada que no sean las consabidas vísceras dentro de un cuerpo sin vida.- Debió entender por mi gesto que me tocaba las narices cuando se ponía dogmático, así que se apresuró a aclarar: -Lo que quiero decir es que no se han hallado ni heridas ni huellas de ninguna clase de arma en el cadáver. Tampoco hay rastro de balas. Nada de hojas metálicas ni de otros objetos punzantes o cortantes. Podría decirse que la muerte se produjo de forma natural. Si es que hay alguna muerte que lo sea.

-¿Muerte natural? ¡Venga ya!- terció Blasco.-Una muerte tan natural como las tetas de la Obregón, no fastidies.

–Verás, Blasco, si se pudiera mandar a la gente bajo tierra por el solo hecho de señalarla con el dedo, no habría espacio suficiente en los cementerios de la nación para albergar a todos los difuntos de esta santa ciudad. Yo mismo habría señalado a unos cuantos, te lo aseguro. A mi suegra, por ejemplo.

- Ya, ¿y a tu casero no?- pinchó Blasco.

- Ése estaría muy entretenido señalándote a ti con otra cosa.- devolvió con soltura Blasco, envolviendo el regalito con una sonrisa gélida.

- Bueno, bueno, calmaos. – intervine riendo. -Que a este paso no vais a dejar a ningún ciudadano en pie. Convendrás que en este caso, Blasco, la posibilidad de hallar balas en el cadáver era bastante desdeñable.- Comenté con sorna mientras colocaba mis cartas sobre la mesa.- Full de ases y damas. Señoras y señores, hoy es mi noche. Traed para acá, par de babuinos. El día que aprendáis a jugar, entregaré la placa.

Retiré las monedas del centro de la mesa y, mientras Blasco mezclaba los naipes antes de dar, me quedé rumiando lo que había dicho al volver del laboratorio forense. Aquella tarde habíamos metido en “la nevera” el cuerpo de un hombre de 38 años, procedente del Hospital Central, lugar adonde lo habían ingresado ya cadáver a las dos y veinte de la madrugada del corriente.

Los hechos acaecieron en la noche del viernes al sábado, estando nuestro detenido acostado entonces, esta vez en su domicilio. El desalmado que ahora se enfriaba en el depósito, había tenido a bien ir largando villancicos a voz en cuello a la vez que daba palmas como un descosido (y con cierto arte, según testigos), con la aviesa y única intención de despertar a todo el vecindario para que compartieran su particular espíritu navideño. El muy cabrón. En éstas estaba el energúmeno cuando alguien le increpó desde la ventana de un primer piso.

-Te vas a callar ahora mismo, tío gamberro.

-¿Ah, sí?-respondió el interpelado con voz ebria, deteniéndose. Sacó entonces una botella de anís El Mono que llevaba en algún lugar de su mugriento abrigo. Echándose primero una generosa ración coleto abajo, bramó luego, blandiendo la botella hacia la ventana de quien le hablaba:

-¿Y quién es el mal nacido que lo manda?

-Lo mando yo. Y créeme cuando te digo que te conviene hacerme caso.-A estas alturas medio barrio tenía las persianas levantadas para ver qué estaba ocurriendo. Y medio barrio pudo ver por tanto, para su consternación y recuerdo, lo que ocurrió. Cosas que pasan cuando uno le despiertan.

Lo siguiente sucedió sin mediar palabra. El tipo de la calle, ni corto ni perezoso, giró con fuerza la botella sobre su cabeza y la lanzó hacia la ventana de su interlocutor. La botella se estrelló contra el marco, a sólo un palmo de la cabeza de su objetivo. Algunas esquirlas de la pequeña lluvia de cristales cayeron sobre el hombre del primer piso, produciéndole algunos cortes en la cara y en el cuello, ninguno de consideración. El tipo no se inmutó. Todos los que vieron la escena coinciden en su versión de lo sucedido. El de la ventana levantó lentamente su mano derecha, apuntando con sus dedos índice y medio extendidos hacia quien había estado a punto de descalabrarle. Entonces dijo algo como:

- Pshiu.- Algo así.

Y todo terminó.

El tipo del abrigo puso los ojos en blanco mientras parecía que sus rodillas se alegraran de verse y, echándose las manos al pecho, cayó fulminado en el acto.

Nada más. Después de aquello, la calle se sumió en un silencio sepulcral. Alguien tuvo la feliz ocurrencia de llamar a la policía. El presunto autor del homicidio fue detenido y conducido a la comisaría más cercana, donde se le sometió a interrogatorio por espacio de varias horas. También se tomó declaración a los testigos presenciales, nueve en total si descontamos a una vieja gagá que simplemente miraba a la luna, Dios sabrá qué demonios se le habría perdido allí a esas horas. Todas las versiones coincidían en lo esencial. Lo único que se había sacado en limpio es que Óscar Leiva, 47 tacos, farmacéutico, casado, dos hijos, se encontraba profundamente dormido cuando aquel salvaje le despertó. Enfurecido, se levantó y se dirigió como una flecha hacia la ventana de su dormitorio. Luego pasó todo lo demás ya referido. El sargento Pou se encargó de interrogar al detenido, con su habitual falta de eficacia. A la pregunta de por qué demonios hizo eso de dispararle con el dedo, Óscar respondía invariablemente:

-Yo acababa de tener un sueño. En mi sueño alguien intentaba agredirme y yo le pegaba un tiro.

-Eso suena bastante raro.

-También es bastante raro que yo esté ahora aquí hablando con usted. ¿No le parece? Y sin embargo aquí estamos.

-No me cambie de tema.- Rezongó el sargento Pou, un gordo policía, algo viejo ya, y que lucía una fea verruga en su frente. -Así que reconoce usted que iba armado.- gruñó el abuelote. Pou era, además de algo viejo, del todo estúpido, como supongo habrán adivinado.

-Bueno… En mi sueño, sí- Arguyó Óscar, algo perplejo por la pregunta.

Y no hubo modo alguno de que modificara esta línea de los hechos. Por lo demás bastante sencilla, si se piensa. Los numerosos testigos corroboraron punto por punto esta versión.

Y ahora estábamos allí, custodiando a nuestro hombre hasta que a un buen magistrado se le ocurriera ponerse la toga después de una noche reparadora para atender de los conflictos entre los hombres. Imaginé a un juez señalando acusadoramente a nuestro culpable, que caía despatarrado sobre el banquillo de los acusados, causando tremendo estrépito. Un escalofrío irracional me recorrió el espinazo desde la nuca hasta donde la espalda pierde su nombre. Borré aquella imagen de mi mente, no sin esfuerzo.

-Supongo que en nuestro oficio también existe la casualidad, después de todo.-Logré decir con voz lo bastante firme. Los otros dos se quedaron mirándome, sin saber muy bien qué decir.

Y entonces una voz surgió de la celda del detenido. La voz, al principio vacilante, nos llegó luego tan amenazadora como el filo de un hacha. Y desde luego no era la voz de Óscar Leiva. No al menos la que le conocíamos. Aquello no se parecía a nada que yo hubiera oído antes. Tal vez ni siquiera fuera una voz humana, ahora que lo pienso. Blasco casi se cayó de su silla y sus cartas protestaron ante el apretón que les propinó. Los tres, por instinto, echamos las manos al cinto, aunque ninguno de nosotros llegara a desenfundar.

-¿Qué carajo es eso?- Soltó Álvarez

- Tal vez esté sonámbulo. –Sugerí, poco convencido.

Estábamos los tres tensos en nuestras sillas, sin atrevernos a movernos para evitar perdernos nada de lo que dijera aquella voz horrísona, un murmullo gorgoteante y pleno de silbidos y chasquidos. Aunque estábamos aterrados, nos acuciaba otra clase de urgencia, la necesidad de comprobar que dos más dos seguían sumando cuatro, aunque hubiesen cambiado la pizarra de sitio. Y todos coincidimos, al comentar después este episodio, como muchas veces haríamos desde entonces, que se nos erizó el pelo de la cabeza y de los hombros al oír aquellos sonidos que parecían formar parte de un malsano delirio. Las palabras llegaban confusas y entre ellas anidaba un inteligible parloteo burbujeante. No pudimos poner en pie cuáles de ellas habían tenido sentido, y cuáles carecían de él.

- Anótalo todo ahí,- le dije a Blasco y le tendí el as de picas que tenía en la mano, preparado para jugarlo, para que lo escribiera en el blanco reverso.

Él puso cara de no me hagas esto. Pero cogió el bolígrafo sin rechistar. Puede que pensaran que, aunque sólo se tratara, después de todo, de las palabras de un hombre dormido, aquel hombre dormido era el mismo que se había cargado a otro, desde considerable distancia y armado tan solo con sus dedos, sólo por el hecho de que le despertara. Eso daba qué pensar. Y en aquel momento, por tanto, a todos nos pareció que cualquier cosa que manara de la boca de aquel tipo dormido, debía encerrar algo terriblemente importante. Y no nos equivocábamos respecto a esto.

Entonces, nuestro hombre se calló, como si el muy mamón hubiera decidido de repente que era mejor hacerse el interesante. Los tres policías que rodeábamos la mesa nos miramos con una tensa impaciencia. El bolígrafo de Ibáñez temblaba en su mano, vibrante. Me vino a la imaginación de forma confusa alguna de esas escenas de espiritismo de una película de serie B. Intenté concentrarme. Casi podía oír nuestros corazones, latiendo como uno solo. El silencio llenaba ahora cada rincón de la amplia habitación, como una masa de gelatina amorfa e incómoda. Entonces, sin previo aviso, los números y las palabras empezaron a brotar de la oscuridad sin mediar palabra. Ibáñez anotó todo cuidadosamente, al reverso de la carta que yo le había entregado. Finalmente la voz se detuvo y todo quedó en silencio.

Cogí la carta que me ofrecía mi amigo y leí lo que ponía en su dorso:

La suerte es esquiva con los ignorantes… Sólo faltan unos días…La Gorgona lo dijo…. Corred… Por vuestras bolas… (risas)… 15 árboles te brindan su aliento… (más risas)…(jadeos rítmicos)…5 farolas… para alumbrar tu soledad… 3 hombres… ¿seguro que escuchan?... Y un solo corazón

Eso era todo. Pasó un buen rato hasta que decidimos despertarle. Encendí las luces de su celda para verle mejor, aunque la luz del día ya casi era suficiente. Es curioso el modo en que a veces ni siquiera la luz del sol puede hacer huir a los fantasmas. El tipo se despertó y se incorporó en la cama, pálido y sudoroso. Luego se levantó y se lavó la cara y las manos en el lavabo, echándose abundante agua por la nuca.

-¿Una mala noche?¿Otra vez has soñado que te atacaban?-le pregunté con cautela.

-No exactamente.

-¿Qué quieres decir? ¿Qué has soñado?

- Un tipo se acercó hacia mí en una calle oscura, parecía irritado. No tengas miedo de que ella te elija. Y deja que te toque.

-¿El tipo quería tocarte? Ja, ja, ja Pero, hombre, ¿tú no estabas casado?

- Cuidado con lo que insinúa, ¿vale? No se refería a él, sino a ella. Hablaba de ella.

- ¿Quién es ella?

- Y yo qué sé.

- ¿Cómo era él?

- Quién.

-¿Quién va a ser? El tipo que te asaltó en el callejón.

- No me asaltó, ya se lo he dicho. Era un tipo normal. Alto quizás. Y calvo. Yo qué sé como era. Llevaba un traje negro. Quiero hablar con mi abogado. Sáquenme de aquí. Yo no he hecho nada.

- Eso ya lo veremos.- Y le di la espalda, no sin cierta aprensión.

Al día siguiente fuimos a investigar a la calle en que se produjeron los hechos. Era una calle corta. Un operario del Ayuntamiento estaba arreglando una de las farolas que flanqueaban la acera. Las conté. Cinco en total. Cuando sumé el total de los árboles ya no me sorprendí. Saqué el as de picas que había guardado en la cartera y reparé en el dibujo que aparecía en el anverso. Justo en el centro del as negro se veía el dibujo de una cabra riendo. Anoté los números. Supongo que habría tardado algo menos en averiguarlo si aquél imbécil me hubiera confesado que el tipo de su segundo sueño premonitorio era calvo como una bola de billar.

-¿Recordáis el nombre de ese puesto de loterías de la calle Serrano?

-La Cabra Majara, creo.-dudó Blasco.

-Casi. Se llama La Cabra Negra.

-Exacto. Pues tenemos que salir pitando para allá. Pitando y con la sirena puesta.

-¿Y eso por qué?

- Porque la Lotería de El Niño se juega pasado mañana. Y los tres queremos salir de pobres.

Cuando llegamos a la Administración de Loterías del Estado no nos sorprendió ver los décimos de ese número colgando del cristal. 15531. Los compramos todos, la serie completa. Cuando nos encontramos preferimos no hablar demasiado de este asunto. Pero ninguno de los cuatro hemos tenido que volver a trabajar desde entonces. Le dimos tres a nuestro involuntario benefactor. Después de todo, ser agradecidos es de bien nacidos.

Además, así no se expone uno a que le señalen por la calle con el dedo.

miércoles, 30 de marzo de 2011

lunes, 28 de marzo de 2011

HISTORIA DE JULIA

Cuando el destino nos unió, Germán aún distinguía los colores más vivos y, vagamente, las formas. Un par de años atrás le habían diagnosticado una patología macular degenerativa. Irreversible es una palabra fea, pero exacta. Aunque éramos tan distintos, congeniamos desde el principio. Salíamos juntos a menudo. Un día paseábamos hasta la plaza de abastos, otro cogíamos el autobús que lleva al parque... Incluso, alguna tarde, nos atrevíamos con el cine o el teatro...
Pero todo lo malo llega. Su enfermedad hizo imprescindible una intervención quirúrgica de extrema complejidad. Las posibilidades de éxito eran escasas. Fueron momentos difíciles. (Qué distinto todo de ahora. Ya no extiende sus manos hacia mí, desesperado; ni yo se las beso como una estúpida, maldiciéndome por no saber mostrarle de otro modo mi infinito amor.) Estuve a su lado cada minuto, tratando de darle ánimos y de ayudarle.
Recuerdo con claridad la consulta del Dr. Tabaré. Recuerdo la extenuante sala de espera, con la calefacción unos grados por encima de lo necesario y aquel olor a medicamentos y a miedo. Recuerdo los cuchicheos entre los familiares de los pacientes y una risa nerviosa y una tosecilla insistente y el rumor del tráfico cinco pisos más abajo. Recuerdo finalmente la voz de una enfermera pronunciando su nombre, y cómo Germán se levantó de su silla, tenso, envarado, obedeciendo aquella llamada como si se tratara de una invocación atávica.
Todo lo que siguió después son fragmentos borrosos que emergen un instante y se vuelven a hundir en mi memoria, como esas caras deformes que a veces pueblan un sueño agitado. Hubo un médico con gesto de hurón y el tic-tac de un reloj invisible que lo llenaba todo mientras una mano huesuda cumplimentaba formularios y dictaba plazos. Hubo unos análisis y unas radiografías y unas máquinas extrañas que utilizan en los hospitales para llenar de temor a los que se aproximan demasiado. Hubo (y esto último ya no lo recuerdo, pues no lo viví, pero me permito imaginarlo) unos sonidos metálicos y unas voces de aliento y una camilla veloz y unas luces de neón que corrían sobre su rostro aventurando una fuga, o una caída, o ambas cosas. Y hubo unas puertas batientes y detrás un quirófano blanco y muchas batas verdes y una aguja en su brazo y un apagón.
Después de aquello apenas salía de nuestra habitación. Se pasaba las horas tumbado sobre la cama, las manos bajo la nuca, ensimismado. No atendía al tenaz teléfono. Se dejó crecer la barba, como si quisiera cegar también sus mejillas, su mentón, su boca. Fue duro acostumbrarse a verle avanzar a tientas por la casa. Los actos más sencillos y cotidianos le exigían ímprobos esfuerzos y se convirtieron en sofisticadas torturas rutinarias. Todo su ser se aferraba desesperado a las imágenes que habían inundado cada resquicio de su vida anterior.
-Conocía bien la niebla, Julia, pero no esta oscuridad.- solía decirme, colmado de dolor.
Gradualmente, fue aceptando su sino. Yo le acompañaba a diario hasta el Centro de Recursos para Invidentes, donde él aprendía a adaptarse a su nueva situación. Allí conoció a Marta, una maestra que le instruyó con paciencia en el dominio de un método de lectura y escritura que, a partir de entonces, iba a aliviar el peso de su ceguera: Louis Braille ideó este sistema hace ya casi dos siglos y lo legó a todos los demás invidentes, alumbrando sus vidas. Marta mostró a Germán cómo era posible, a partir de las múltiples combinaciones de seis puntos, urdir toda una lengua secreta. Seis puntos que componen las distintas letras del alfabeto y que abren a los ciegos las puertas del mundo. (Cómo he deseado yo, cuando en su noche eterna él me acariciaba, que también supiera descifrar en mi piel el secreto de mi amor.) De esos primeros contactos meramente profesionales derivó gradualmente una sólida amistad. No se me ocultaba la descarada alegría de él cuando oía sonar el timbre de la puerta. Tampoco se me escapaba la creciente osadía de ella, siempre dispuesta a venir a casa a recogerle a la menor excusa. Me decía Germán entonces:
-Hoy no hace falta que me acompañes, Julia. Ha venido Marta a buscarme.- Yo notaba la leve culpa que empañaba su voz cuando se despedía y el olor a perfume en su ropa al volver, pero evité mostrar inquietud alguna y permanecí sin abrir la boca. Me limitaba a verle marchar y a esperar su regreso, anhelante.
Sus ausencias se hicieron cada vez más dilatadas y frecuentes. Una noche, me dijo casi en un susurro:
-He entendido algo importante. Los ojos no son sino dictadores imaginarios que imponen su modo de ver las cosas.- Riendo con desgana su ocurrencia, prosiguió:- Al perder la vista, crees que has perdido la vida. Pero luego te das cuenta de que la vida en imágenes no es la única posible, sino tan sólo la única que hasta entonces conocías. También la vibrante luz del sol nos impide ver la luna y las estrellas, hermosos puntos de luz que antes ignorábamos...
Hace unos días la invitó a subir a casa y ella entró portando un misterioso artefacto. Era un regalo para Germán. Él lo tanteó con sus manos y se puso muy contento al descubrir que se trataba de una máquina para escribir en braille. Tras charlar animadamente un buen rato en el salón, se pusieron a practicar el extraño lenguaje de signos que les había unido. Ella escribía una notita con el ruidoso
artilugio y luego se la pasaba a Germán. Éste la leía con sus dedos y escribía a su vez en la máquina otro mensajito. Ella lo leía (con sus ojos, porque Marta ve) y los dos reían mucho y yo me sentía frustrada y ajena y les miraba con resentimiento y ellos se reían aún más fuerte.
- Tú y estos puntos me habéis devuelto la esperanza.-dijo a Marta, ya más serio.- Son mis puntos de luz. Tú también eres mi luz.
Hubo un pedazo de papel, de entre todos los que le escribió Marta aquella tarde, que agradó a Germán más que cualquier otro. Advertí que, tras leerlo, lo apartaba con una sonrisa de todos los demás. Cuando por fin se despidieron, mientras él la acompañaba hasta la puerta, yo lo robé y lo oculté con cuidado en el patio, entre mis juguetes.
Hoy ha venido Marta a visitarle. Cuando me ha visto, se ha acercado cariñosamente a acariciarme la cabeza. Le gruñí y, erizando el pelo del lomo, le mostré los dientes. Como insistió, le di un mordisco. Sólo quise dejar claro que jamás podrá arrebatármelo. Ahora estoy castigada en el patio y miro fijamente aquel trozo de papel indescifrable.


No me importa qué mensaje encierra. Yo siempre seré su guía.

sábado, 26 de marzo de 2011

El hombre que me espera al sol poniente

La sombra que ahora esquivo

me esperará entonces,

a la vuelta de un umbrío recodo del tiempo,

allí donde la lluvia disfraza la pena de los ojos.

Una esquina tan cerca del principio. Del final tan cerca.

Esquina Calle del Olvido con Avenida He Sido.

Sonrojo. Sol rojo.

Un sol poniente.


En ese rincón, bifurcado en iras y horas,

saldrá a mi encuentro el hombre que pude ser.

Adusto. Silencioso.

El tipo asiente en un frío saludo que nada tiene de afecto.

Un saludo que se escurre

como un insecto huidizo

bajo el ala del negro sombrero.

Brillo de botellas rotas

en los gastados ojos verdes.

Cuerpo a cuestas, boca de hierro, lengua de estopa.

Minutero que se clava en el vientre de la memoria.

Hora dada. Agujero.

Futuro insolente,

bífido,

tardía serpiente,

silueta imponente...

...al sol poniente.


Me estrecha la confiada mano,

(pero ya antes me ha rodeado la mirada,

el flaco cuerpo que habito me ha cercado

con eléctricas culebras de abrazo tormentoso,

y hasta mi alma entera ha estrechado, angostado, angustiado,

el hijoputa,

antes de darme su sarmentosa garra).

Saludo felpudo, saludo escudo.

Me invita a entrar a un tugurio, que surge a su lado

con la indecencia de lo cotidiano,

como si lo llevara puesto, uno de esos cómodos bares de bolsillo

donde tomar una penúltima de andar por casa.

Y no quiero oír lo que ese hombre tiene que decirme

al sol poniente.


Pasamos. No es negociable.

Nos recibe un podrido silencio de moscas danzantes,

el aplomo cansino del camarero.

Oscuro olor a orina y tedio nos recibe.

Un rayo del tardío sol cae sobre la barra.

Zarpa en mi hombro,

naufragio de largos dedos amarillos,

honda silla,

pesa Sevilla.

Agarro el aceitoso mostrador para no caerme,

rogando que todo se deshaga como el mal sueño que es...

... y que tengo que seguir soñando.

Sendos vasos de vino han florecido en el sucio mostrador,

dos amapolas que bailan solas

al sol poniente.


Y es entonces, urgido por la necesidad de despertar,

abismado en una turbulenta necesidad de golpearle,

de deshacerle bajo mis puños,

de destrozarle el sombrero y la cabeza calva que hay debajo,

de hacerle jirones la camisa con uñas y dientes, ya puestos.

Es entonces que decido hablarle...

... antes de que él me hable de sí y de mí y del sol poniente.


Y antes de que él mueva un solo diente

para decir que la vida es asco y es vergüenza,

poco más que una colección de botellas vacías

que se acumulan en la bodega de los recuerdos,

antes de que me indique su sucia uña

que la vida es una raya en la arena,

una casa sin barrer,

una regola en la pared de ladrillo visto,

un cable pelado en la regola

y pare de contar, amigo, que no hay más.

Antes de que me hinche las narices hablándome de olfato.

Antes de que me vaticine tormentas ya acaecidas.

Antes. Decido contarle que hubo baches, sí,

que hubo saltos al vacío sin paracaídas

y tiritas que no tiraban nada y lo curaban todo,

que hubo momentos tan duros que merecieron la molestia de ablandarlos,

que hubo pérdidas, pues claro, ¿no es toda la vida un dulce perder?

y momentos de lucha para recobrar ínfimas partes de lo perdido,

por el gusto de pelear a puño vivo, que lo importante es el camino,

que hubo haches y hubo bes, baches y besos hubo,

que hubo puntos sobre las íes tan difíciles de acentuar

y paréntesis sin cerrar,

hubo noes y hubo síes,

gemas lanzadas al mar,

y un piloto que oyó a su sirena cantar.


Antes que él separe los labios le habré de explicar

por qué la vida es más corta cuando es vivida por dos por dos,

que los otoños a veces tienen hojas rojas y ojos verdes,

que la vi asomado a una ventana y que desde entonces creo en los milagros.

Que ya no me quise asomar a nada que no fuera su hermoso mundo

de ojos risueños y cartas torpes sin abrir y películas mal grabadas en la memoria

y anclas y barcos y demonios suaves y caballitos de mar sin montar

y playas de caricias y camas biplazas y reformas de casos, casas y cosas.

Antes de que ése malababa abra la boca y salgan por ella las siete plagas de Egipto,

le digo, alto y claro, que no me quita el sueño su marasmo de señor vencido,

que si alguien perdió una vida yo no he sido.


Antes de que me suelte palabras de ruina

y de mustio odio agrietado acerca de todo lo que me falta,

le espeto que Lujo se escribe con L de Loreto,

que nada quiero atesorar sino besos de esa boca suya que nunca calla

(salvo cuando come, cuando duerme o cuando besa. Y cómo besa.)

Antes de que me gruña una maldición por los años perdidos,

le rezo un rosario de momentos compartidos

que le hacen apretar los dientes con fastidio.

Le hablo de goles sin ángulo,

de partidas ganadas con torre y apartamento de ventaja,

de la aventura de quererla siempre, pese a todo y pese a nada.

Siempre quererla.

Y admito con él que fue triste su vida, sí,

envuelta en cigarrillos pestilentes

y en el aliento dilatado de tantos bares de mala muerte,

que fue triste dejarse vencer por el trabajo y la rutina,

sin luchar para salir, sin salir para luchar.

Le digo, sin rencor, que cada cual tiene lo que merece,

que para recoger hay que sembrar.

Y le dije también que las familias sólo ahogan si uno no hace

por sacudirse los abrazos del cuello estrangulado,

y que más le habría valido ser honesto consigo mismo

y no pretender que su momento llegaría, pues el momento ha de buscarse.


Le dije, antes que hablara, que para no decir nada era mejor hacer mutis por el foro,

que para criticarse a sí mismo tenía que ser alguien y no era nada,

y que yo si que era alguien y bien orgulloso que estaba.

Así le hablé, mientras su contorno se hacía más y más borroso:

Me llamo Guillermo Canelo Segura.

Soy un hombre hecho de momentos malos y de momentos buenos.

Ha habido hijos y largos viajes y risas sin ser domingo,

ha habido soles atardecidos como éste en el que usted se disuelve ya,

ha habido conflictos y dificultades y saltos de muros altos y meses de penurias e incertidumbre.


Y ha habido amor. Y eso cuenta.


Entonces, mientras vi que ya no quedaba de aquel hombre ni el sombrero,

di un vistazo en derredor.

El bar aparecía ahora limpio y ordenado. Bien iluminado. Y sin moscas.

Dirigí mi mirada hacia la puerta,

esperando verla llegar con su mejor sonrisa,

tan guapa como la primera vez que la vi.

Al sol poniente.

sábado, 27 de noviembre de 2010

La tela de Noé

Sevilla, 21 de Noviembre de 1997

Estimado colega:

Por considerarlos de su exclusiva competencia, le envío algunos de los documentos relacionados con el caso Ablanedo. La cita apocalíptica con que comienza el texto fué hallada en papel aparte (que asímismo adjunto), y no es de puño de Ablanedo. A pesar de haber removido un par de bibliotecas, no he podido dar con la fuente. Descubrí, eso sí, nuevas referencias al Dominus domini en los diferentes volúmenes de la Historia Natural de Plinio.

Como sabe, lo extraordinario de este asunto es la desaparición de D. Máximo Ablanedo Figueroa, de quien en los próximos días enviaré a su despacho un informe pormenorizado. In situ, el inspector Arjona describió la situación como "un suceso más de piromanía, con una fatal curiosidad por el resultado". No obstante, la solución no comparte su laconismo. La primera sorpresa la depararon los análisis del laboratorio, al confirmar la ausencia de restos orgánicos entre los escombros del número 37 de la calle Salamanca. Esto viene a descartar la defunción del doctor Ablanedo en el incendio declarado en su domicilio a las 21:07 horas del día dos del corriente. Además está esa cajita...

Después de estudiar los informes clínicos solicitados al Hospital Neurológico Virgen del Rocío, así como la carta autógrafa anexa (prácticamente ilegible en sus últimos párrafos), considero que el eminente antropólogo se encuentra en paradero desconocido por motivos que obedecen a su sola voluntad. La posibilidad de un secuestro, aunque hoy por hoy no deba desestimarse, parece remota. La carencia de enemigos conocidos, así como los malos momentos que atravesaba Ablanedo a nivel personal, apuntan más bien a un episodio de locura. Tengo para mí que fué él mismo quien prendió fuego a su propiedad, dándose a la fuga posteriormente.

El seguro del inmueble cubre una cuantía mínima de los daños. La compañía (Ludwig Inc.), tras un examen rutinario de la zona, ni siquiera se ha molestado en iniciar averiguaciones. Preguntarnos por el móvil es pues preguntarnos por Ablanedo. Sólo él puede saber por qué lo hizo.

Las únicas pistas las brinda una pequeña caja metálica que se salvó milagrosamente de la quema. En su interior fueron hallados los siguientes objetos:

-Un dibujo de autoría desconocida (mando copia parcial).

-Un sobre conteniendo la carta y la anotación arriba mencionadas. (Acompaño copia mecanografiada completa)

-Una llave que corresponde a la cerradura de la que fué puerta de la mayor estancia de la vivienda. (Bajo custodia judicial).

Otro aspecto a resolver lo constituyen las manifestaciones de algunos testigos presenciales, que afirman haber visto brotar un gran pájaro de fuego (¿?) del tejado de la casa en llamas.

Como ve, apenas hay por donde empezar.

P.D. Entre los cascotes calcinados persiste un penetrante olor a jardín zoológico... Ja ja ja. Llámeme cuando termine. Podemos cenar en Gauchos: Paga quien exponga la teoría menos interesante.

Reciba un cordial saludo.

Capitán Luis Ferrer

Brigada Criminal

Y el firmamento entero se incendió, como si la suma

de los amaneceres precedentes no fuera sino pálida

sombra de aquél día primero en que la Tela de Noé

se extendió sobre el mundo

Dominus domini, 35, 4.

LA TELA DE NOÉ

Me llamo Máximo Ablanedo. Es posible que mi nombre les resulte vagamente familiar. Lo cierto es que durante algun tiempo fuí llevado en las frágiles alas de la prensa. Aquel efímero reconocimiento a mi labor de investigación pronto cedió terreno ante la manifestación en mi persona de lo que los psiquiatras se obstinan en llamar paranoia. Así fué como, por prescripción facultativa, me ví obligado a hipotecar mi identidad, y con ella, el favor de los demás. En breve plazo pasé de la admiración al escarnio. El orbe científico se burló de mi trabajo y hubo quien llegó a acusarme de ser un vulgar impostor, un desenterrador de escrituras apócrifas que fingía demencia para saltar a la fama.

Más tarde llegó el olvido. Al principio lo agradecí como un bálsamo con el que aliviar las heridas de la crítica. Luego lo maldije, porque la soledad me entregaba por completo al obsceno hábito de la contemplación. Era pasar las horas rendido frente a ella, medio oculto en la penumbra del cuarto grande, yerto en el constante asombro.. Creo que nunca he vivido (ni he muerto) tan intensamente como estando a su lado.

Les juro a ustedes por lo más sagrado, por Ella, que no entiendo como pudo Max recorrer tan deprisa la distancia. Esa laaaaarga distancia que media entre el respeto por uno mismo y la desintegración. Sigo creyendo que no está más loco que quienes le acusan de estarlo. Si bien debo admitir que se han evaporado sus últimos vínculos con el mundo anterior (anterior por incompleto, por quimérico). Oh, pero si ustedes vieran, no termina de llamar la atención un leve estremecimiento de la tela, un brillito de nada, y al mirar hacia ese punto distingo el ojo de una cebra que me observa desde la maleza. Dentro de sus cuatro fronteras, la repetición ha sido abolida. Nada por aquí, nada por acá. Sucede como en alguno de esos mitos de la Filosofía, el árbol que cae en un bosque desierto, inhabitado; el pirata que entierra su tesoro en una isla, muriendo poco después sin comunicar a nadie su secreto. Mientras escribo estas líneas me pregunto qué nuevas monstruosidades se estarán gestando entre sus hilos. Si ciertas cosas no hubieran sucedido, yo seguiría gozando de la simpatía de los doctores y de una relativa popularidad. Continuaría soñando sin saber que soñaba. Justo como ustedes. Pero el árbol del bosque me cayó encima. Sí, ya sé, se supone que yo no debía andar por allí... Es agitar un poco las manos en el inagotable vertedero de la Historia y ¡zas!, topaste con el tesoro atroz. Debe ser que estas cosas pasan así. Debe ser que somos vulnerables al azar de los encuentros.

Hablar de Ella me resulta tan difícil como necesario. ¿Han tenido alguna vez una novia horrible?. Me he cansado de oír los "¿pueden ladrar los búfalos, Max?" y los "¿acaso cabe el mar en un dedal?". Estuve tentado en varias ocasiones de enfrentarles a la verdad (la auténtica verdad), encerrarles unas horitas con Ella, hundir su ignorancia y su falta de fe en ese piélago inmundo donde la totalidad es una religión meticulosamente practicada. me disuadieron siempre la compasión y el convencimiento de que no hallaría ningún alivio contagiando mi dolor. Sólo en su ausencia podré comunicar lo que sé. Los locos lo son cuando no existe aquello en lo que creen. Por fin seré libre. Por fin seré loco. De verdad.

Los pocos amigos que conservo me instan con voz plañidera: "Tienes que salir de ese estado letárgico. Hace tiempo que vives fuera de la realidad, Max. Te estás destruyendo. A menudo hablas de tí como si de un extraño se tratara. Reacciona." Y Max replica "¿La realidad?. Esa vaina es tan estrecha que no quepo. Vosotros no podéis comprender que el tiempo y el espacio se reducen a una sucesión de hilos entrelazados que se contiene a sí misma.... Lo vuestro, lo que antes era nuestro, es puro ectoplasma geométrico, una repugnante sopa de rutinas que no pienso volver a tragar. Ya no tenemos nada en común." Y ellos se van marchando poco a poco, uno tras otro, cabizbajos y compungidos.No ha desaparecido el último por la puerta cuando Max corre a encerrarme al cuarto grande. Y así siempre. Y ahora un orangután. Si ustedes vieran. Su pelo rojo, finamente dibujado, ondea suavemente al dulce compás del tejido. Hace una semana aposté a que no aparecerían más simios, fíjense... Antes había ahí mismo un oso panda masticando un tallo de bambú. Pero eso era antes. Al menos eso creo. Cerraré la ventana. El viento no cesa.

A veces, por inercia, reviso mi pasado. Un pasado estudioso que me arrastró a Turquía en abril de 1994. Un pasado de fatigadas pesquisas que me puso en la pista de un importante pergamino otomano, el Manuscrito de Gallípoli. Hoy se puede admirar en la Galería Davemport. Ayer era otro olvido más de uno de los libros de uno de los febriles anaqueles de una de las bibliotecas del rico Ibn Sefn. Un lugar que encierra un libro que encierra un lugar que encierra. El Manuscrito aporta interesantes novedades acerca del triunfo de Solimán II sobre la ciudad de Estambul. Estos datos cautivaron la curiosidad de los historiadores. Los hechos que trato de explicar, no tanto para que los crean como para librarme del peso de su silencio, arrancan de este descubrimiento. Apartado en mi creciente fortaleza, recuerdo las cúpulas doradas de Estambul, alzándose sobre el Cuerno de Oro, sobre la inquietud de los hombres. Recuerdo, en ese color gris de las pesadillas, las dificultades con la lluvia y el barro en un paso de el Tekir Dag. Recuerdo, una por una y como si de la mía se tratara, las caras de los asaltantes kurdos. Pero nada recuerdo mejor de Turquía que la tienda de Nihat, en el zoco de Smirna. Su puerta, alumbrada por un sol pequeño y polvoriento, se abría al final del mercado como la boca hambrienta de un niño goloso. Cual un aliento almizclado, manaban de ella los olores del mundo. Entré. El aire enrarecido me envolvió en un abrazo oscuro. Estaba hojeando unas láminas de Escher cuando reparé en lo que al comienzo tomé por una alfombra. (Puede que yo traspasara aquel umbral fatídico sólo para reparar en Ella, para que Ella reparara en Max, en mí). Estaba enrrollada bajo unas estanterías que se desmayaban bajo el peso de tantos frascos de especias. Y se prolongaba hasta más allá de la puerta trasera, de la cual pendía una de esas cortinas que tratan inútilmente de impedir la entrada de las moscas. Atada por numerosas cuerdas, volvía su cara hacia el interior. Uno de los ángulos colgaba con languidez, un gesto de coquetería tal vez. El aparatoso desenfado en su actitud debió haberme alertado. Aprecié algunos desgarrones que denotaban un deplorable estado de conservación. Se acercó Nihat, el mercader. Mejor decir que Nihat transcurrió. Primero no estaba. Eso seguro. Y luego estaba como si llevara allí horas. Son cosas que... Pero claro, ustedes no comprenden. En un turco empalagoso me ofertó un lote de objetos que incluía el único que pretendía vender. El precio me pareció increiblemente bajo. Pagué sin regateos. Timeo danaos et dona ferentes. Así fué como el almacén de Nihat me escupió a las sucias calles. Ya no volvería a ser el mismo.

Por cierto que a medio metro del ángulo inferior izquierdo y al lado de los ratones de agua acaba de asomar un colibrí con las alas desplegadas. Me pongo a buscar un guacamayo que anida en este trozo. Tiene deslumbrantes plumas amarillas y rojas y un ganchudo pico azul (pero, qué tonto, debo decir anidaba, debo decir tenía, muy a pesar de que siga anidando, de que siga teniendo las mismas bonitas plumas y el mismo pico, curvo hasta lo doloroso). Yo loco loco y Ella loquita. Mutar eternamente. En el lugar que ocupaba el guacamayo, encuentro la cabeza de un lobo gris. Me echa un vistazo de fuego y miel y al poco se deshilacha entre las plantas. Me aterra lo escurridizo de los iconos. "Ya, pero mira, ¿crees que las arañas tejen conforme a patrón?. Lamento que te estés volviendo mochales, de veras."

Fué en el Manuscrito de Gallípoli donde tuve por primera vez noticias de la Tela de Noé, un arma abominable que eclipsaba el poder de los reyes. Traduzco textualmente: "...tres veces tres veces acudieron a advertirles de la necesidad de tomar una decisión, y tres veces tres veces fueron desoídos sus consejos. Las tropas de Solimán II, el Magnífico, avanzaban inexorablemente mientras los señores de Damasco se ahogaban en vino y escondían sus nobles cabezas entre los senos de sus esclavas. Con los ojos anegados en llanto, entraban y salían de la cámara que Alá nego a los simples. Unos bramaban enloquecidos, otros balbucían insensateces impropias de su rango. Ninguno de nosotros pudo arrancarles a su ensimismamiento. Pregunté a Ismail si no le importaba perder la guerra y respondióme entre jocoso y ofendido que cómo podría preocuparle perder una si ya las había perdido todas, las anteriores y las venideras.Corría el rumor de que a Solimán le asistía en el combate la sombra del fenecido Selim,, reunido con él por obra de la hechicería. Mas no fue ésta la razón de nuestra derrota. Los generales que debían dirigirnos se extraviaron en el espejo de Noé, el paño maldito del Ararat. Tal fue la razón. Alá les niegue el eterno reposo."

Pasaron más de tres años hasta que volví a notar su presencia. Entre los cachivaches de la buhardilla, envuelta en polvo, parecía aún más indefensa que la primera vez que la ví. Ya en la planta baja, la extendí en el suelo. Al tercer día de mirarla ( aratos tan sólo, no crean, nada obsesivo en ello), noté que algo no iba bien, un raro bailoteo aceitoso, cómo explicar. Luego estaban aquellos seres. Seres vivos. Era encararlos un par de minutos y sentir unas ganas irrefrenables de tumbarme junto a ellos, de compartir sus lenguajes imposibles. Pronto fue dejar pasar los días retorciéndome como una serpiente,gruñendo como un jabalí,rugiendo como una pantera, presa de una fascinación morbosa. Siento nostalgia de esa vaga forma de felicidad. Las fieras y otras alimañas tenidas por peligrosas se encuentran en aquellas zonas de la tela que abundan en desgarrones. Tigres, ocelotes, glotones o rinocerontes se hallan siempre cerca de aquellos lugares en que el tejido presenta un mayor deterioro. Aventuro los frustrados intentos de fuga,su lucha por escapar a la esclavitud de la tenue urdimbre. De igual modo que cambia la ubicación de las bestias, se transfiere (transfierencias) la situación de los descosidos. Porque cambian, ¿saben?. Quedo un momento mirando las elegantes evoluciones de una garceta, o la incesante labor de un tapir que busca raíces. Y ocurre. Tranquilamente. Sin aspavientos de ninguna clase. Antes trataba de cotejar los animales limítrofes. Primero rodeaban al tapir un zorro que perseúía a una liebre que perseguía aun saltamontes. Más allá se vislumbraba a una gacela acechada por un grupo de hienas escuálidas. Y encima, flotando en el miedo terso y helado de la gacela, había un picabueyes.. Pero eso era... Ahora, al lado izquierdo del tapir, ese cerdo narigudo y blanquinegro, caramba, dónde demonios se ha metido. Sucede con tal naturalidad que resulta improcedente preocuparse de cómo ha pasado. Supongo que es una suerte de río. Una corriente de imágenes. Una vez quise sujetarla cuidadosamente al muro, después de haber desprendido de él todos los objetos que intentaban vestir su desnudez. Pero en seguida me di cuenta de que se derrumbaría. Aún me veo pensando, sabiendo, que sería demasiado peso, ¿entienden?, no por la tela, no, tan liviana como la seda, sino por todo lo que contiene. Mejor en tierra firme. Era tumbarme desnudo sobre Ella, y ver las cosas como bajo el agua, como cuando me sumergía en la piscina de Max y echado en el fondo veía el tembloroso sol y las nubes que titubeaban alrededor. Me aterrorizaba pensar que el exhaustivo catálogo de animales se redujera a los machos. Temía la posible versión en otra tela de todas y cada una de las hembras robadas al diluvio. Pero están aquí también. Están todos aquí.

Grandes ojos glaucos iluminan la honda espesura. Prometen la fiera y la leve criatura. Un murciélago, fruto imposible, cuelga de una rama. Sus orejas lo oyen todo, te oyen, se oyen. Invocan la creciente tiniebla cien ruidos infernales, unos tan apagados como el susurro que lubrica la blanda caída de la lechuza sobre una musaraña, otros tan potentes como la ira del león, que raja el cielo y agita la penumbra. La noche es un solo animal, mitad agónico, mitad rebosante de vida. Cuerno y colmillo danzantes. Latir de pezuñas que, sólo tal vez, pisotearán el alba azul. Agua. Y en ella los peces. Todo nada. Una vida sigilosa como la muerte afilada que de ella se nutre. Aire. En él, vigilantes, las águilas. Bajo la tierra, las galerías del topo. Saltando en el lodo, el sapo. Sólo tal vez. Patas de corzo, soplo de viento. Desde el principio, se repite el cuento.

No sabría decir en qué momento resolví quemarla. Aunque mi decisión es firme, lo cierto es que me siento incapaz de vivir sin Ella. Demasiado sencillo, demasiado hermoso. Me niego a pensar en el suicidio, pero me atrevo a creer en una resurrección de la tela y de lo que ella alberga. Creo en su inmortalidad y en sus tortuosas venganzas. Creo en mi cercano fin. Confío en que, en tal caso, esta carta sea tenida en cuenta. Las estrellas saben que, si logro salir con vida, poco ha de importarme que se atiendan o no las razones que en ella se exponen. Mas, si la muerte me alcanza, es mi afán que estas líneas sirvan de advertencia y constituyan un fiel testimonio de cómo pueden llegar a amancebarse lo diabólico y lo divino. Nadie se ha perdido al encontrar un consejo. Manténganse al acecho. Duden de las apariencias. La tela es astuta.

La miro mientras se pone el sol. Su piel anochecida brilla con los últimos rayos. Un cuerpo de junco que se mueve entre las matas con ese descuido engañoso de los felinos. La nariz ancha, los pómulos salientes y la boca grande, de gruesos labios,.le confieren una belleza feroz. Sólo la visten sus largos cabellos, su natural falta de pudor. Me invita a entrar en ella. Su vientre, tenso como la piel de un tambor, retumba entre mis sienes una y otra vez. Y yo me sumerjo en él, como si hubiera estado esperándolo desde siempre. Casi no me sorprende sentir en mis hombros el roce de la hierba crecida. A través del fuerte zumbido de mi deseo, me llega el otro, el de los insectos, la rumorosa vida de la selva. Vuelvo mi cara al cielo, como un animal acabado, y encuentro los ojos acuosos de Max, que me miran incrédulos. Ella tira suavemente de mi mano y me atrae al interior de la fronda. Es correr en vertical, dejarse tragar por las plantas que hay enfrente, que hay debajo, que hay entre mí y Max. Ya es sólo arrojarme a la espesura, huir de esta cara de susto al ritmo elástico de sus piernas. Amarrado a sus caderas como una hiedra, escapo de esa boca abierta, de aquella llama que tiembla entre las manos de Max. Los vi esconderse tras los árboles. No sé si quise impedirlo.

Al otro mar, al océano de marfil.

Sevilla, 1997